miércoles, 18 de noviembre de 2009

LA CAIDA

Caí de una altura inexistente. Mis huesos resistieron el golpe pero el alma. A pesar de no sufrir daños visibles la presiento rota. Pero esa no es la peor consecuencia del accidente. No. Al caer se me han perdido algunas palabras. Peligrosas palabras. Las había apoyado en LA punta de la lengua antes de caer. Si. De esas que se piensan, pero jamás se dicen, se han perdido. Indomables, esas palabras. Como caballos sometidos por demás al confín de una gatera. Hubiera preferido no galopar jamás esas bestias. Pero ahora compruebo que andan sueltas. Ya no están en ese donde en el que mantenía lo inconfesable.
- Pero claro que las he buscado bajo la luz de la razón, señora. Si usted llegara a interceptarlas ¿me las devolvería? ¿Me haría ese favor?
Tan hostil estaba cuando las pensé. Ya no es cierto que odie tanto a esa mujer. Sólo en ese instante lo sentí. Podría haberla asesinado pero no lo hice.
-Sí, fui capaz. Quien no. De retorcerme y destilar litros de furia sin siquiera sentir una cucharada de remordimiento.
Por favor le pido señora, ayúdeme a encontrar esas palabras.
No. No quiero recordarlas, no. Sólo abrazarlas con mi compasión de hoy. Tan amable se puede ser y al siguiente instante, perder por completo la cabeza. Caer de alturas inexistentes y encarnar al mismo demonio en cada vuelco de la caída.
-Perdone, señora, ¿cómo era su nombre?.
-¿Mamá?, qué raro. Yo madre no he tenido.

3 comentarios:

Hugo Trozzoli dijo...

tengo la esperanza de en algunos años mas, refundar mis palabras, y recuperar a mi madre.
Gracias por este texto

Clemencia González Silveyra dijo...

La esperanza de refundar y recuperar es sólo lo que hace falta.

Abrazo y tantas gracias por leer!

Fabiana Aloi dijo...

me encanta.