sábado, 6 de marzo de 2010

OBJETOS PERDIDOS

PRIMER ENTREGA

Antunes salió de su casa de la calle Cambaceres 148, timbre A, con prisa. Una prisa inquietante. Como el tipo de urgencia que se tiene al llevar al insolente de la clase hasta la oficina de la directora. De una oreja y con los pies en punta. Como volando.
Antunes era un hombre de pocas palabras, pocas pulgas y pocas luces. Sus días transcurrían uno tras otro, monótonos, sedientos de algún sano sobresalto.Vivía solo con su gato y un escobillón con el que hablaba cuando barría el patio. Su madre y sus dos hermanos habían muerto en un fatal accidente al cruzar la vía cuando él tenía diez. Una vaca cayó de un camión jaula y los aplastó. De su padre, sólo silencio y cejas arqueadas. Después del triple entierro Antunes se fue a vivir con su tía Dora. Costurera, soprano y chupa cirios. Antunes duró poco con ella. El timbre de voz de Dora y su afición al acordeón tuvieron funestas consecuencias en un muchacho hermético y con sensibilidad en el conducto auditivo izquierdo. A los pocos días de haberse fugado lo encontraron comiendo raíces en un campito cercano. No hubo forma de convencerlo de que volviera con la tía acordeonista, devota de San José de Cupertino. El cura párroco lo albergó hasta los veintiuno, edad en la que cobró la herencia materna con la que compró la casita de la calle Cambaceres.
Antunes cruzó la Avenida Bruselas sin mirar. Un taxi con un par de monjas alemanas adentro por poco lo atropella. “Porqué no mirás cuando cruzás, mamerto”. Ese era el primer nombre de Antunes. Francisco era el segundo. Antunes saludó al taxista confundido. “De dónde me conoce” se preguntó. Revisó el bolsillo trasero de su pantalón sin dejar de caminar: Evaristo Calcagno 2034, primer piso. El empleado del correo le había dicho por teléfono que cerraban a las seis. La señorita del sector de entregas especiales sólo le dijo que era una caja verde, chica, atada con hilo sisal y lacre en el moño . Eran las seis menos cuarto y le quedaban diez cuadras por caminar y una avenida por cruzar.

Sobrevivirá Mamerto Francisco Antunes al cruce de la Avenida Alcaraz?

Llegará a tiempo para retirar la misteriosa caja verde que el correo se negó a entregar en su domicilio?

Continuará

En Busca del Asombro Perdido

SÁBADO 22 DE NOVIEMBRE DE 2008

EN BUSCA DEL ASOMBRO PERDIDO. Primer entrega
Antunes salió de su casa de la calle Cambaceres 148, timbre A, con prisa. Una prisa inquietante. Como el tipo de urgencia que se tiene al llevar al insolente de la clase hasta la oficina de la directora. De una oreja y con los pies en punta. Como volando.
Antunes era un hombre de pocas palabras, pocas pulgas y pocas luces. Sus días transcurrían uno tras otro, monótonos, sedientos de algún sano sobresalto.Vivía solo con su gato y un escobillón con el que hablaba cuando barría el patio. Su madre y sus dos hermanos habían muerto en un fatal accidente al cruzar la vía cuando él tenía diez. Una vaca cayó de un camión jaula y los aplastó. De su padre, sólo silencio y cejas arqueadas. Después del triple entierro Antunes se fue a vivir con su tía Dora. Costurera, soprano y chupa cirios. Antunes duró poco con ella. El timbre de voz de Dora y su afición al acordeón tuvieron funestas consecuencias en un muchacho hermético y con sensibilidad en el conducto auditivo izquierdo. A los pocos días de haberse fugado lo encontraron comiendo raíces en un campito cercano. No hubo forma de convencerlo de que volviera con la tía acordeonista, devota de San José de Cupertino. El cura párroco lo albergó hasta los veintiuno, edad en la que cobró la herencia materna con la que compró la casita de la calle Cambaceres.
Antunes cruzó la Avenida Bruselas sin mirar. Un taxi con un par de monjas alemanas adentro por poco lo atropella. “Porqué no mirás cuando cruzás, mamerto”. Ese era el primer nombre de Antunes. Francisco era el segundo. Antunes saludó al taxista confundido. “De dónde me conoce” se preguntó. Revisó el bolsillo trasero de su pantalón sin dejar de caminar: Evaristo Calcagno 2034, primer piso. El empleado del correo le había dicho por teléfono que cerraban a las seis. La señorita del sector de entregas especiales sólo le dijo que era una caja verde, chica, atada con hilo sisal y lacre en el moño . Eran las seis menos cuarto y le quedaban diez cuadras por caminar y una avenida por cruzar.

Sobrevivirá Mamerto Francisco Antunes al cruce de la Avenida Alcaraz?

Llegará a tiempo para retirar la misteriosa caja verde que el correo se negó a entregar en su domicilio?

Continuará

viernes, 5 de marzo de 2010

PARA PAPÁ

Está flaco. El color pálido en su cara no lo ayuda y a mi tampoco. Sabe quien soy pero no recuerda que ayer también vine a visitarlo. Apoyo el Herald sobre su cama y hago bailar frente a sus ojos la revista de palabras cruzadas que tanto lo entretiene. Ya quiere empezar a completar el primer crucigrama. Se sorprende con la birome que le ofrezco. Una birome violeta con tinta color violeta. La mira mientras la hace girar entre sus dedos arrugados cubiertos de moretones y hace un chiste al respecto. De esos chistes simples y ocurrentes que tanto me asombran: Te la regaló Violeta Rivas?, me pregunta. Y yo me río y saco de mi cartera una libretita donde anoto cada una de sus ocurrencias. Al verme escribir me pregunta si le estoy haciendo una multa por estacionar mal la cama. Sacudo la cabeza y lo admiro y lo abrazo y lo olfateo. Tiene olor a papá. Su colonia de la Franco Inglesa me deprime un poco.
Me mira y se esconde tras la sábana pesada y blanca. Una escondida que dura algunos segundos hasta que se aburre y vuelve al crucigrama.
Cada vez que lo visito me redescubre. Usted es mi hija preferida, me dice. Y después aclara, como si yo no lo supiera, que eso es porque soy la única que tiene. Entonces yo lo imito y le digo...y usted es mi padre preferido y usted ya sabe porqué.
No está contento con ser viejo. Ya me lo dijo. Y haciéndose el gracioso me pregunta si sé donde queda la oficina de quejas para dejar asentado su reclamo. Que ochenta y nueve es un número impúdico. Que alguien debe encargarse de corregir el error de haberlo obligado a llegar hasta esa edad sin su consentimiento. Y yo lo miro. Y lo entiendo.
Por el porrazo que se dio el martes la nariz le quedó torcida y su sonrisa ya no es perfecta. Pero sigue siendo lindo. Que bueno que no trajo su armónica. Está tan sordo que desafina demasiado cuando toca y su música me pone triste. Tampoco insiste en cantar cuando entran las enfermeras. Pero juega a pedirme habanos después de tomar la sopa de arroz sin sal. Y yo le digo que bueno y le doy uno invisible. Y él lo fuma con los ojos entrecerrados.
Le ofrezco un té. Le traje algunos saquitos adentro de un sobre vía aérea. Es inglés y de la variedad que más le gusta. El té le fascina casi tanto como el vino moscato. Lo acepta, me dice bueno gracias pero me aclara que le traiga uno bien mojado.

Y en ese instante me doy cuenta...que este viejo que me hace reír es mi padre, que lo quiero y que está muriendo.

viernes, 12 de febrero de 2010

RARO

Hace calor. Más del que puedo soportar. Entonces abro la puerta y otra vez lo mismo. No entiendo. No entiendo nada, de nada. Qué es un árbol, qué es una hormiga. Quién soy yo. Cierro la puerta y me siento. Qué es un sillón. Me miro los pies. De dónde brotan las uñas. Cómo saben. Porqué no asoman desde el medio del brazo o la rodilla. Suena el teléfono. ¿Teléfono? No contesto. Subo la escalera. Prendo el aire acondicionado. Me ubico debajo de la lengua de aire helado. Cierro los ojos. Escucho ese sonido a vuelo, a máquina, a salvación. La cara se me enfría. Me recuesto y así me duermo hasta que al abrir la puerta vuelva a entender. Algo.

domingo, 31 de enero de 2010

PARA MI PLANTA SIN NOMBRE

No me convenzo de que esté muerta. Insisto. La riego cada mañana, más tarde la corro hasta el cono de sombra que se forma sobre las baldosas cuando el sol se empecina en chamuscarla. Y la vuelvo a mover cuando llueve y desde la canaleta cae ese chorro maligno que come la tierra de su maceta.
No sé su nombre y eso me incomoda. ¿Alegría del hogar, margarita, binca, coral, petunia?. No. Con ninguno se da vuelta.
Era tan linda. Tan etérea, tan lila y tan buena. Convidaba alegre su peluca de pétalos. Y porque un día me olvidé de transplantarla y otro de correrla y otro de regarla y otro de acordarme y otro de quererla…se ha muerto.
Mi planta sin nombre ya no respira, ni fabrica clorofila, ni se abre ni se cierra. Ya no le estallan flores del más pálido lila, ni dibuja redondeces con sus hojas.
Se arrastra gris sobre la tierra húmeda exponiendo sus tallos amarillos a la intemperie.
Albergo la esperanza con disimulo. De que aunque todo indique lo contrario en alguna parte mi planta siga viva.
¿Vas a brotar otra vez? ¿Te estás haciendo la muerta para castigarme por mi descuido?
Querida planta sin nombre, si no es así, quiero que sepas que me duele haberte dejado morir. Porque me di cuenta que aunque en todos estos años haya aprendido a sumar y a restar, a sacarle el hollejo a las naranjas, a depositar un cheque en una cuenta bancaria, a hacer soufflé de queso y una esfera de origami, a no mezclar prendas de colores en el lavarropas… aún no he aprendido a cuidar.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

TODO X DOS CUERPOS

Hay días en los que estoy tan contenta que un cuerpo no me alcanza. Necesitaría nueve metros más de venas y de arterias para que otros litros de sangre irriguen mi alegría. U otro cuerpo con cuatro o cinco orejas que me ayuden a amplificar los rulos de las risas. Ojos a montones y varias hileras de dientes para masticar la sensación escandalosa. Algunos pares de manos para aplaudir en cannon. Cuatro piernas para saltar poderosa y precipitarme a tierra como un gato. De pelos ando bien. Se erizan cuando río haciéndome ver como un pompón peludo de diente de león. Otras tantas bocas para disparar carcajadas y chorros de lágrimas que me ayuden a volver visible mi borrachera de contento.

LA CAIDA

Caí de una altura inexistente. Mis huesos resistieron el golpe pero el alma. A pesar de no sufrir daños visibles la presiento rota. Pero esa no es la peor consecuencia del accidente. No. Al caer se me han perdido algunas palabras. Peligrosas palabras. Las había apoyado en LA punta de la lengua antes de caer. Si. De esas que se piensan, pero jamás se dicen, se han perdido. Indomables, esas palabras. Como caballos sometidos por demás al confín de una gatera. Hubiera preferido no galopar jamás esas bestias. Pero ahora compruebo que andan sueltas. Ya no están en ese donde en el que mantenía lo inconfesable.
- Pero claro que las he buscado bajo la luz de la razón, señora. Si usted llegara a interceptarlas ¿me las devolvería? ¿Me haría ese favor?
Tan hostil estaba cuando las pensé. Ya no es cierto que odie tanto a esa mujer. Sólo en ese instante lo sentí. Podría haberla asesinado pero no lo hice.
-Sí, fui capaz. Quien no. De retorcerme y destilar litros de furia sin siquiera sentir una cucharada de remordimiento.
Por favor le pido señora, ayúdeme a encontrar esas palabras.
No. No quiero recordarlas, no. Sólo abrazarlas con mi compasión de hoy. Tan amable se puede ser y al siguiente instante, perder por completo la cabeza. Caer de alturas inexistentes y encarnar al mismo demonio en cada vuelco de la caída.
-Perdone, señora, ¿cómo era su nombre?.
-¿Mamá?, qué raro. Yo madre no he tenido.

ELLA SABE

Ella sabe. Ella sabe, conoce y entiende. Ella interpreta y apila juicios sobre mi cara.
Me mira, me mira. Me mira más de lo que puedo tolerar. Avanza y retrocede hasta desgastar mi disimulo. Entra con un hola que tal y se instala. Fabrica preguntas en serie y me acribilla. Estudia mis gestos y ademanes. Ella quiere atraparme. Yo la empujo con una mueca. Ni se inmuta.
Ella sabe casi todo... menos que la odio hasta la china.

martes, 17 de noviembre de 2009

FELICIA

Ana jamás logró capturar la atención de ningún miembro de su familia. Se sentía invisible. Hasta creyó tener ese poder por lo que hacía cosas frente a los demás que resultaban imcomprensibles y suicidas. Metía los dedos en el merengue de las torta, le sacaba la lengua a las visitas y se rascaba sus partes íntimas. Como no le decían nada ella de verdad creyó tener el poder de la invisibilidad. Pero esa convicción no duró mucho. El día que intentó robar plata de la cartera de su madre teniéndola a ella sentada en el sillón del living mirándola atónita, descubrió que ya había perdido la habilidad de desparecer.
¿Qué estás haciendo?. La pregunta la tomó por sorpresa y enrojeció tanto.
Ah,¿vos me ves ahora?
¿Pero qué decís? Ahora y siempre, mocosa. No te hagás la tonta y subí a tu cuarto a escribir cien veces no debo robar monedas de la cartera de mi madre!
La capacidad de volverla invisible era privilegio de las otras mujeres de la casa pero ella no podía hacerlo a voluntad. Eran ellas las que decidían cuándo verla y cuándo no.
Ana vivió en un hogar donde todo era excesivamente femenino. Pero sobretodo, masivo. Marta, su mamá, sus tres hermanas mayores, Damasia, Carolina y Mercedes, Roberta, la gata callejera, Tita, una fox terrier casi simpática y Pedra, la tortuga de hibernación perenne que pasaba sus días al lado de otras piedras del jardín, de ahí su nombre.
Ernesto, su papá, era varón claro, pero se había ido cuando Ana tenía siete. Partió un día feriado con los ojos rojos y una curva de dolor que le deformaba la boca. Se fue inmediatamente después de que Marta le arrojara el relleno de sus cajones por el balcón del cuarto. Pero antes de pasar a ser un recuerdo para Ana, volvió a subir la escalera de servicio una vez más. Esta vez para abrazarla y darle un último beso con sabor a sopa de arroz. Ana justificó intimamente la partida de su padre sosteniendo que ella también se habría visto obligada a huir de una mujer que arrojaba cosas desde semejante altura. Ese día Ana aprendió a esquivar el dolor.
La partida de su papá dejó un enorme vacío en la casa que pronto fue ocupado por otra mujer. La abuela Lela. Mamá de su mamá, que de lela no tenía ni una peca y mucho menos de femenina. Aunque de lunes a sábado usaba pollera de sarga con blusa y los domingos un vestido color malva, no existía atuendo que pudiera disimular sus exacerbadas dotes de general retirado. Lela podía retorcerle el cogote a una gallina mientras silbaba una polca, apilar la leña para la chimenea que antes había cortado con un hacha estratégicamente afilada por ella y que además le servía para espantar a los intrusos que rondaban la casa preguntando estupideces. Abuela Lela también sabía arreglar la camioneta Ford modelo 65 con la habilidad de un mecánico avezado y su vocabulario no era menos impúdico cuando se martillaba un dedo.
Hoy todas las mujeres de Ana, menos la abuela Lela, que había muerto hace un mes sentada en su mecedora mientras le cambiaba la lamparita a su linterna, estaban allí afuera. Demasiado cerca. Rondando.
Apliadas una sobre la otra, esperaban confirmar con esa soberbia desbordante que las carecterizaba, un pronóstico sombrío. Desde el cuarto mes de embarazo, todas empezaron a vaticinar, que lo que pateaba en el vientre de Ana era otro varón. Ana, sin embargo, mantuvo su íntima convicción de que era mujeer muy oculta tras sus muecas silenciosas. Y nadie lo notó.
Fueron nueve meses de una pulseada titánica. Y como suele ocurrir, el resultado fue revertido en el último minuto. Ana cambió el sexo de su cría a escondidas y en vez de un varón al que llamarían Octavio, entró en escena una mujer de nombre Felicia.
Felicia. Así se llamaba la muñeca calva, común y silvestre que Ana acunó en su niñez. La única posesión propia y entera. No como casi todo lo que llegaba al cajón de su cómoda. Todo lo que inexorablemente heredaba de sus tres hermanas mayores, después de su arduo uso y abuso.
Su muñeca Felicia, además de la singularidad de propiedad, tenía un halo alquímico. Porque fue regalo de Mabel, su madrina fugaz. Mabel había sido el único ser extraordinario en la vida de Ana. Por lo poco corriente y apasionada, pero muy especialmente por poseer una increíble capacidad que ningúna otra pollera de la casa poseeía. La capacidad de ver debajo de las caras. Mabel se destacaba por ser experta en percibir. Lo hacía con Ana y lograba hacerle saber que la diferenciaba de la masa informe de mujeres.
Ella podía intuir tanto sus secretos estúpidos como los decididamente indecentes y macabros. Y sus deseos. El más persistente de todos lo conocía de memoria. Ana iba tras alguna aventura que la arrancara del anonimato, porque aunque todo indicara lo contrario, sabía que era posible ser especial para alguien.
Ana descubría su identidad real cuando amarraba su sombra contra Mabel. Qué manera de deshojar carcajadas, de compartir anécdotas maliciosas, de devorar sueños venenosos. Pero el reinado de Mabel duró demasiado poco. Un lunes ocho cayó muerta de dolor. Al recibir la noticia Ana sangró por dentro. Pero después de contener la respiración por casi tres días, suturó su herida lo más rápido que pudo y jamás preguntó el motivo que produjera la tristeza letal de Mabel. Intimamente sospechaba que podía ser una tristeza conocida y contagiosa. Y ella era extremadamente vulnerable a los contagios, pero sobretodo, muy cobarde para pensar en ser efectiva para morir.
Y fue entonces que, en honor a Felicia, la muñeca calva común y silvestre, regalo de su madrina fugaz, Ana eligió darle ese nombre a su añorada hija mujer.
Inmediatamente después del bostezo del Dr. Cassumendi le siguió el último grito que dió Ana antes de enmudecer de alegría.¡Felicia!.
El Dr. Cassumendi no tuvo ninguna duda. Asumió que la paciente conocía perfectamente el nombre de la recién nacida y eso fue lo primero que anotó en su legajo. Felicia.

MUJER, DIJO LA PARTERA

Ana nunca había planeado tener seis hijos. Pero sí una hija.
Los primeros cinco intentos, fueron varones. Los tuvo como quien se come muy a su pesar los primeros caramelos que caen de un bolillero, a la espera de que en la siguiente oportunidad caiga el más codiciado. Ese que le hacía segregar litros de saliva. Ese de color pálido pero de aroma tropicalísimo e intenso. Su preferidísimo caramelo de sabor a ananá.
Por supuesto que Ana amaba a sus caramelos de gustos no deseados. Eran varones, pero los amaba.
Teo. El primero. Tan gracioso y tierno. Tan irritablemente dependiente del visto bueno. A falta del de Ana o del de Esteban, su papá, era bien recibido el de algún hermano o el de Jannette Vinaia Rodriguez, la mucama boliviana con nombre de Miss Universo. A veces hasta le bastaba el de Tristán, el perro labrador viudo de alguna Isolda que con el repiqueteo constante de su cola parecía decirle que sí a su próximo gran proyecto, ir a bañarse. Su futuro olía a fracaso.

Demasiado pronto llegó Noel. Salvaje como la maleza que la abuela Lela se encargaba de aniquilar del jardín en el que Ana se perdía por horas. Desobediente hasta el hartazgo pero fiel a sus más íntimos deseos. Hacer lo que se le daba la reverenda gana. Para él todo el año era navidad.

Dos años después llegó Jaime. Económico en palabras. En apariencia sumiso pero terriblemente específico y peligroso. Adicto a las mentiras y a los vueltos ajenos. Amo y señor de todas las llaves perdidas de la casa que lograba encontrar con la precisión de los detectives asexuados de los libros de Agatha Christie.

Jerónimo, el del medio, llegó en sólo siete meses. Pero de indio nada. Más bien llorón y conflictuado. Adicto a la comparación y a la ofensa. Sensible incurable con dotes para el dibujo y la música. Un artista.

Belisario, ocupó el último lugar, pero no en sabiduría. Estudioso y circunspecto. Un sobrestimulado de seis años que sabía casi todo. Menos llegar a la cama solo. Al terminar de comer casi siempre se quedaba dormido sobre la mesa ahogando las migas de pan en un río interminable de baba que bajaba por su cachete redondo hasta humedecer el mantel. Alérgico a las caricias pero siempre atento para detectar quien las recibía y quien no. El último. Pero ningún orejón del tarro. De eso se encargaba Ana que sobre el tema sabía mucho más de lo que le hubiera gustado saber alguna vez.
Para ella, ser la útima de la camada nunca había significado una ventaja. Desventajas, todas. Tal vez estuviese equivocada pero lo dudaba seriamente.

QUE LOS CUMPLAS FELIZ

Año tras año repito el mismo rito agobiada por el peso de la superstición. Una torta ardiente sostenida por alguien supuestamente querido y cercano. Mi marido Bruno, o por Laura, una amiga de la infancia que no me atrevo a cambiar y a quien hoy sólo me une el recuerdo de una Rodhesia compartida en un recreo de tercer grado. Manos anónimas apagan las luces, cuchicheo previo. Y mi actuación casi grotesca de la sorpresa al ver la torta cubierta con un merengue baboso y amarillento. Un desgano indisimulable que oculto tras una sonrisa estirada por demás. Y el pedido unánime del grupete caprichoso que me rodea: faltan los deseos, vamos, vaaaamoooos! A pedir los tres deseos. Irma la vecina del quinto B, la que me presta la batidora y que escupe con cada pe que pronuncia; la abuela Delia, una vieja de ochenta y nueve que desde que dejé los pañales me regala bombachas de algodón estampadas. Una madre sobreactuada, una suegra de manual y Natalia, una compañera de oficina a quien la primera vez invité por error. Ahora cree que somos íntimas y para demostrarlo me trae un tiramisú incomible que prepara con café Dolca.
Todos cantan y, aunque no necesariamente desafinan, la canción sale mal. Por falta de ensayo nadie sabe exactamente con qué completar la línea punteada donde va mi nombre: “que los cumpla…Clemencia….que los cumplaaaa…Clemencita…..que los cumpla….Clemen… “ Todos rellenan el espacio con alguna versión de mi nombre adjudicándose íntimamente diferentes grados de relación!
Nunca puedo concentrarme lo suficiente en el ritual de los deseos. Que son tres. Porque sí. Porque es más mágico. Las velas arden desproporcionadas e iluminan la escena. Nunca falta alguien que apura. ¡Dale! O un amigo que hace un chiste indeseable aprovechando al público advenedizo para sentirse gracioso e inteligente. Todos braman, todos apuran. Parece ser que el rito les incomoda a todos. Aunque argumenten que el apuro es para evitar el chorreado de las velas rosa fosforescente sobre la torta Exquisita. Entonces uno debe pensar tres cosas con fuerza. Frunzo el ceño, elevo uno a uno los dedos de la mano… primero el pulgar, después el índice y finalmente el mayor, y soplo el velamen sin haber pensado nada. Últimamente me he refinado; no sólo no pienso nada sino que a veces deseo cosas muy concretas, que bien podrían ocurrir sin tanta divina intervención: que la cuenta del teléfono no supere los trescientos pesos, que florezca la Bignonia, que una ola de frío polar mate al mosquito del dengue.¿Un desperdicio? Suena más coherente que pedir paz en el mundo, el desarme mundial, amor en general, o el Martín Fierro a mejor actriz de reparto. La tortura recién empieza. Falta abrir los regalos. Ninguno de los presentes se concentró más de cinco minutos para elegirlo. Todos me regalan cosas que ellos leerían, se pondrían o con las que decorarían un rincón vacío de sus casas. Pero lejos están de ser cosas que querría que se salven después de una explosión.
Mmmmmm…gracias por las bombachas tiro alto, abuela! Y este año con dibujitos geométricos… se re usa.
“Consejos para una vida plena” .Uy, muchas gracias. La del libro fuiste vos, no, Nati? Claro que te lo presto! Querés llevártelo ahora?
Si, ya sé, Bruno. Ya vi el cartelito de “vale por el anillo que quieras” pegado con jabón en el espejo del baño.
¿Un curso de moldeado con porcelana fría? Irma, gracias! Después podés vender los duendes que fabrique en la feria de la Plaza Falucho, donde tenés el puestito, no?
Mamá! Una cartera imitación reptil! Si! Ya veo. La correa es ajustable, yupiii! Y está forrada en composé. Cuántos compartimentos!
Gracias. Gracias a todos por haber venido. Y ahora, si me lo permiten, voy a saltar por el balcón.

lunes, 9 de noviembre de 2009

SI

Si alguien supiera cómo me siento. Si yo lo supiera. No me duele ni la boca del estómago, ni es agudo ni punzante. No es visible ni grosero. Es sordo y es ciego y no es dolor. Es una molestia constante que me arrebata todo y me transforma en un líquido viscoso lleno de pensamientos vacuos. Y entonces busco el aliento de algún filósofo que me ataje y me devuelva a alguna orilla conocida en forma de basura escupida por su mar. Que me vomite al menos , pero que haga conmigo lo que yo no puedo.

sábado, 3 de octubre de 2009

RESULTÓ SER UN BUEN PADRE

Sus sermones me producían tan decididamente el efecto contrario que llegué a creer que estaba poseída. Cuando nos llamaba a la austeridad sentía deseos irrefrenables de ahogarme en la gula. Y si trataba de inspirarnos a amar sin mirar a quien, de regreso a casa me detenía en cada una de las almas de mi cuadra y las desollaba vivas. El último domingo me atreví a soltar una carcajada después del amén. Cuando el último gorjeo de mi risa se apagó, él giró la cabeza como un soldado ruso y me incineró con sus pupilas. Un segundo mas tarde había desaparecido tras la puerta de la sacristía.
Una charla intrascendente nos entretuvo a la salida hasta que alguien dijo, “se hace tarde”, y nos obligó a partir.
El grupo se disipaba de a poco entre las bicicletas inglesas. Mientras yo luchaba por liberar el candado de la mía apareció de la nada vestido de civil. Y con una furia que aún hoy me aniquila, me arrastró seco de palabras hasta una pared sin revoque y me besó hasta hoy.

lunes, 28 de septiembre de 2009

LA FOTO

Corrí la foto de mi hermana Julia hacia la izquierda y puse la que tenía en mis manos a su lado. Después de contemplar el conjunto de cerca por unos segundos me ubiqué a cierta distancia para examinar cada detalle.
Las fotos en blanco y negro siempre me habían parecido tan extrañas. Imágenes neutras en color y tiempo. Esta en particular transmitía esa extraña sensación y algo más, que no podía atrapar con la trama de las palabras. Tal vez la sinuosidad de las gaviotas o las nubes esqueléticas. Las sombras proyectadas por el oleaje de pisadas sobre la arena. Con obsesivo interés apoyé mis ojos sobre la mujer parada de espaldas. Recorrí su pelo, sus piernas, su vestido detenido y blanco. En el viento. Un aroma me tomó por sorpresa. ¿Narcisos? Todo en la imagen transmitía un silencio frío y quieto.
Hasta que una niña. Entró a cuadro desde la izquierda dirigiendo su trote infantil en dirección al mar. Su intencionalidad, entre macabra e ingenua, superó mi estupor frente al fenómeno inexplicable.
Sentí miedo. Por la imagen que latía extrañamente desbocada dentro de la escena. En una de sus manos llevaba un balde y en la otra, un molde de plástico con forma de langosta. Al sentir la arena húmeda bajo sus pies, se detuvo. Dibujó un garabato con su dedo gordo y después de contemplarlo por algunos segundos, festejó dando más de siete vueltas con la mirada unida al cielo. Cansada de tanta inmensidad, bajó la cabeza y se puso en cuclillas. Dejó caer el baldecito y el crustáceo a un costado de sus piernas regordetas y se incorporó despacio. Seguí sus ojos y descubrí con espanto que se dirigían al mar que ahora también estaba vivo. La niña lo observó por unos instantes, con hambre. Parecía entender el llamado de las olas. Respondió galopando como un caballo nuevo. Cuando advertí que el agua le llegaba a las rodillas, decidí correr a buscar ayuda. Encontré a mi hermano lustrándose los zapatos al pie de la escalera de servicio y le grité.
__“Amadeo, por favor, corré, vení, hay una chiquita en el consultorio de papá. Se va a ahogar!”.
Alguna fuerza invisible lo sedujo e hizo que me creyera y que corriera a mi lado dando zancadas sin hacer preguntas.
Al llegar, revisó el lugar con desconcierto interpretando el cuarto vacío como otra de mis bromas absurdas.
__“Dónde está, ¿me querés decir”?
Yo no hice más que señalar el porta retrato.
Amadeo lo levantó, sus ojos enterrados en un sentimiento para mí inubicable.
_ “Papá no quiere recordarla, ¿acaso no entendés?, gritó. Y arrancó la foto de la mujer parada de espaldas con un gesto desgarrador.
“Guardá la foto de mamá donde la encontraste y volvé a poner la de Julia en su lugar. Y apurate, porque en diez minutos nos pasan a buscar para ir a la misa”.
22 de enero. Ya han pasado tres años desde que se ahogó mi hermana Julia. En la misma fecha, un año después, se ahogaba mamá.
Llevé la foto de la mujer parada de espaldas con las dos manos, sin dejar de mirarla nunca. Después de enterrarla en el fondo del cajón, debajo del saquito de hilo celeste que me había tejido aquel verano, mamá murió, por primera vez, para mí.

SUEÑO NO CORRESPONDIDO

Un hombre con el que vengo soñando hace unos meses es uno que no he conocido en vida. Se llama Aurelio. Aurelio no fue pariente lejano ni cercano. No agujereó mi boleto de tren ni me vendió una camisa con botones de nácar. No pidió mi mano. No me cedió el asiento en el colectivo ni ofreció llevarme hasta Choele-choel. Yo a Aurelio no lo conozco hace mucho tiempo.
Ayer me dormí tarde. Más tarde que de costumbre y fue a propósito. No quería soñar con él. Aurelio me estaba aburriendo. Lo único que hace en mis sueños es mirarme de lejos. Aurelio me incomoda. Además acababa de ver una película en cable que me dejó intranquila. Era sobre un hombre que soñaba con un ladrón. El hombre se llamaba John. El ladrón había muerto en un asalto y en sueños le susurraba cosas en la cabeza a John. Entonces John se despertaba con ambiciones desconocidas. Le empezaron a gustar las armas y objetos que no podía comprar. En sueños John tomaba lecciones de asaltante. Hasta que un día atracó el Banco Interamericano de Bienes y mató al cajero. Cayó preso. John juraba ser inocente, pero nadie le creía. Su abogado tampoco y prefirió declararlo demente.
No me quería dormir. Tenía miedo de las intenciones de Aurelio. Me dediqué a las palabras cruzadas, organicé mis recetas de cocina y a escribir reseñas en las fotos del verano. Nada. Imposible dejar de relacionar a John con Aurelio. ¿Qué clase de incomodidad había sembrado en mí la trama de esa película de bajo presupuesto?.¿Qué me pasaba? ¿Era mi frágil voluntad lo que me asustaba? ¿Acaso me gustan las endivias, ahora? ¿O el color amarillo?. ¿Tengo unas ganas ajenas de matar a alguien? No. Tranquila, me dije. Aurelio es inofensivo y honesto. Te mira y espera. Aurelio es aburrido y desapasionado, nada más.
Pero no puede evitarlo. Mis párpados cedieron y me dormí con las fotos del verano pasado sobre el pecho. Aurelio no tardó en aparecer. Estaba parado en el techo de un cobertizo. Desde allí me miraba con tristeza. O no. Con desilusión. Sí. Su mirada expresaba una desilusión espesa y gris. Yo le sonreí, un poco por culpa. Empecé a regar un cantero intrincado de lirios y hiedras para distraerme. Aurelio bajó del cobertizo sin hacer ruido. Se acercó despacio, como agonizando, por la derecha. Me pidió agua de la manguera. Me sorprendí. Era la primera vez que lo volvía a escuchar desde que me había dicho su nombre. Después sacó un pañuelo a rayas del bolsillo interior del saco y se secó la boca.
-Lo nuestro ha terminado- me dijo.
Me sorprendí aún más. ¿Que lo nuestro había terminado?. ¿Lo nuestro?
Que la tardanza de esa noche era una señal indubitable, dijo.
Yo me agité, me avergoncé y sobre todo me callé.
¿Aurelio sabía que no quería soñar con él? ¿Qué había hecho todo lo posible por no dormirme a la hora de siempre?
No quería preguntar, no quería saber ni entender. Seguí regando intercalando miradas entre el cantero y Aurelio. Lo que hizo a continuación me aterrorizó. Se cortó un mechón de pelo con una navaja y me lo entregó.
-Por si cambia de opinión-, dijo.
¿Opiné algo? ¿Cuándo? Estiré la mano y él apoyó el ramillete oscuro y áspero sin dejar de mirarme. No tenía dónde guardarlo. Sentí confusión y asco pero no me atreví a demostrarlo. Quería despertar. Le dije una estupidez. Que yo nunca había sido muy puntual y que eso me había traído problemas con el presentismo en el trabajo..
-Es una pena, una verdadera pena-, dijo. -Creí que usted era la mujer golondrina que he estado esperando-,
Sí, sí. Me gusta emigrar. ¿Cómo sabe?
- La espero desde la tarde en que me lancé del puente.
-Suicidio, fue? Lo siento tanto. Qué difícil, le dije extinguiendo mi repulsión.
¿Qué quiere de mí este hombre?
-La muerte no fue idea mía, no crea- dijo Aurelio. Su voz era dulce, clara. Continuó.
-Me costó creer que el suicidio era lo debido, se lo aseguro-.
Hilaba las palabras lento mientras hacía dibujos con un palito en la tierra cerca del cantero. Sus arabescos me calmaban. Mi cuerpo tenso empezó a ceder.
Aurelio contó que antes de morir, soñaba con un hombre. El hombre del sueño era delgado y de piel cetrina según dijo. Y muy preciso. Le daba extraños consejos. Una y otra vez. El hombre del sueño nunca le daba explicaciones. Sólo instrucciones. Que se pusiera su mejor traje y después saltara del puente cerca de la represa, a las seis.
Yo escuchaba con tanta atención.
La única esperanza de encontrar el amor para Aurelio, no era en esta vida, le había dicho ese extraño hombre a Aurelio en sueños. Aurelio dijo que tardó un año en convencerlo. El hombre del sueño era muy persuasivo. Una misteriosa mujer no tardaría en llegar después de que saltara del puente. Le dió su descripción. Y el nombre. Sofía. ¿Como yo?
Aurelio le creyó.
El corazón del pobre Aurelio se llenó de ilusión y una tarde...saltó. Con la esperanza de conocer después de muerto a esa mujer.
Mis ojos se humedecieron un poco. Después más y más hasta que el desconsuelo fue completo. Dejé de regar y de querer despertar. Sólo me senté sobre el charco que se había formado a mis pies, para escucharlo. Aurelio arrancó un lirio y siguió con el relato, mientras la hacía girar cerca de su nariz aguileña.
-Pasó mucho, mucho tiempo. Tanto, Sofía. Hasta que aquella noche la vi aparecer en la playa enterrando medallas.
Sí. Es cierto. Lo recuerdo! Una noche tuve un sueño rarísimo.
Estaba en una playa muy extensa. Llevaba una bolsita de paño color celeste llena de medallitas de Santa Cecilia que enterraba mirando intermitentemente hacia todos lados por miedo a que alguien me viese. Pero no sabía que Aurelio estaba alli!
-Enseguida supe que era usted, Sofía. Ese perfume de plumas, esos ojos en punta. La descripción encajaba tan perfecta"
¿Yo? Este hombre no es aburrido. Soy una idiota, me dije mientras Aurelio seguía desgranando las palabras del relato.
"Pero las instrucciones del hombre del sueño fueron muy precisas. Tenía que esperar setenta noches antes de confesarle mi amor, Sofía. Me lo dijo… me lo dijo tantas veces el hombre del sueño. Y si la noche previa a la declaración, la noche número sesenta y nueve, usted llegaba tarde, la señal debía ser interpretada como un no. Esa noche era la de hoy.
Y yo no me quise dormir. No quería soñar.
-Usted ha llegado tarde, Sofía.
Y lloró. El silencio que se sucedió después de esa frase, duró una vida.
-Ahora me despido. Debo seguir buscando a mi Sofía en otros sueños-
No, no. Un momento. Pero no dije nada.
La figura de Aurelio empezó a desvanecerse. Se iba confundiendo con una bruma amarronada. Su voz volvió a sonar desde lo lejos como un eco agrio.
-Si decide volver a intentarlo sólo tiene que dormir con el mechón de pelo encerrado entre sus dedos, dijo. Y desapareció.
Me desperté a mitad de la noche, desencajada. Bajé a servirme un vaso de algo. Caminé por la casa. Prendí la televisión. Otra vez esa película siniestra del hombre que sueña. No. Mejor algún programa sobre el antiguo Egipto o un videoclip de Queen.
Me quedé dormida nuevamente en algún momento. No recuerdo.
Al despertar a la mañana revisé mis manos, las escarbé hasta que enrojecieron.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

MAMÁ, ¿POR QUÉ LIDIA NO SE SIENTA CON NOSTROS A LA MESA?

Esa pregunta la formulé el 21 de junio de 1968
a la hora de comer. Lo recuerdo con mucha precisión
porque empezaba el invierno y fue el mismo día que
me agarré el dedo gordo de la mano
con la puerta del falcon. Lidia, la señora
que trabajaba en casa, esa noche se sentó
a la mesa para ayudarme a cortar con el cuchillo.
El dolor punzante en mi dedo me impedía
hacerlo por mis propios medios.
Mamá comía atún La Campagnola con ensalada
de chauchas y yo milanesa con puré.
Ustedes se preguntarán por qué la que
me ayudaba era Lidia en vez de mamá…
Por suerte ese tipo de preguntas
no se me ocurrían a mis seis.
Lo que yo quería saber era mucho más importante.

_ Mamá ¿Por qué Lidia no se sienta siempre con nosotros a la mesa?
_ Porque está cansada de estar con nosotros todo el día, gordita.
_ Estás cansada de nosotros, Lidia?
_ No
_Mamá…dice Lidia que no está cansada.
_Bueno. Y qué va a decir, chiquita.
_ A mí me parece que Lidia no se sienta porque no te gusta. ¿Es porque dice jodida, mina, culo y la calor?
_ Pero qué disparate! Qué estás diciendo!
_ No se preocupe, señora. Es una nena…
_No se dice nena , Lidia. A mamá no le gusta. Tampoco le gusta que diga rojo, apetito, coche, hermoso y falleció.
_Clemencia! Qué te pasa? Mirá que te vas a ir a la cama sin comer arroz con leche, eh!
_No se haga problema, señora. Es cierto, me falta educación. Voy a tratar de hablar mejor, permiso.
_ Mirá lo que hiciste! Te vas a tu cuarto inmediatamente. ¿Y por qué llorás, ahora?
_Porque me duele mucho el dedo.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

LOS DELIRIOS DE GRANDEZA DE MAMÁ

Para levantar mi autoestima mamá incurría en comparaciones inexplicables. Cuando me quejaba de mi pelo voluminoso, me decía que era un disparate. Que así lo usaba Rita Hayworth. Cuando lo que me obsesionaba era mi nariz, me decía que Barbra Streisand era fabulosa.
- ¿Porqué no le escribís una carta al príncipe Carlos?
Según mamá, el futuro rey de Inglaterra caería rendido sobre mis pies número treinta y nueve en cuanto terminara de leerla.
Un día apareció con la loca idea de que tenía que conocer al hijo del Aga Khan.
- Yo te pago el pasaje, gordita. Con lo bien que hablás inglés…
Eso era lo único que según mi madre yo necesitaba para conquistar a sus candidatos de realezas lejanas.
- Mamá, tengo las piernas gordas...
- Fuertes, como las de Amelita Vargas.
- Mamá, mis labios parecen dos salchichas de viena..
- Sensuales como los de Jean Paul Belmondo.
Nunca terminaba de entender si las comparaciones que hacía mamá eran edificantes o desmoralizantes. Si lo que me brindaba era una ayuda invaluable o una insinuación velada de que esperaba mucho más de mí.
Yo no tenía la nariz tan grande como la de Barbra Streissand... pero tampoco su voz de terciopelo.
Es cierto. Tenía el pelo inflado como el de Rita Hayworth. Pero ni un gramo de su belleza extraordinaria.
Y el Príncipe Carlos jamás recibió esa carta. Y con la plata del pasaje para ir a conocer al Aga Kahn mamá arregló la trompa chocada  del Falcon.
Los labios carnosos de Jean Paul Belmondo, pero ninguna oferta del cine francés para protagonizar una película de acción. Las piernas de Amelita Vargas, pero la cintura de Danny de Vitto.

Un mes antes de mi casamiento me obesioné con la idea de que tenía cara de varón. En las pruebas del vestido cada vez que me miraba al espejo sentía que era mi padre disfrazado de novia.
Una vez más mamá salió en mi auxilio.
- Mamá. Me parece que tengo cara de hombre…
- No te preocupes, mi chiquita…con el tul y las flores...

viernes, 28 de agosto de 2009

EL VOCABULARIO DE MAMÁ

En casa usábamos palabras, expresiones y extranjerismos raros. Aunque el único leído de la familia era papá, mamá tenía la costumbre de retener en la memoria vocablos extraños que escuchaba por ahí. Sin conocer con exactitud su significado pero dotada de una intuición poderosa, los embocaba a la perfección en sus oraciones.
Mi infancia se vió nutrida de esta clase de palabras y expresiones.
Cornucopia, opíparo, cintura divito, babé, canícular, jastial, sílfide, tísico. Heliotropo, bonvivant, blef, almácigo, gestroemia, misansen, parecía una cornucopia. El vestido de Martita era ampuloso, tu tío Anaselmo era un sibarita.

Antes de estrenar un vocablo yo preguntaba
qué quería decir. Las respuestas de mamá
me ayudaban poco y nada. Tanto como
a Amundsen le hubiera servido un
“por allá” para orientarse
en el polo norte. Entonces, como ella,
me dejaba llevar por la intuición,

Mi rebuscado vocabulario crecía cada día.
Con él hablaba con mis amigas del colegio,
con mis hermanos y con las visitas. Y me traía problemas.
Creyendo lucirme en mis clases de lengua
lo utilizaba en la redacción de mis oraciones
y composiciones.

- Los niños descansan bajo el sauce llorón
después de una opíparo brunch.

- Al notar que los pantalones
le quedaban cortos, la madre exclamó:
¡Hija! Estás hecha un jastial.

- Mabel organizó la frutas en el bowl
cual cornucopia.

- Optaron por no salir a juntar totoras
porque el calor era canicular.

Mi maestra de lengua sospechaba de mi vocabulario.
Un día la escuché cuchicheando con Lidia,
la de matemática, mientras corregían a la hora del recreo:

- Esta chica escribe raro, viste. Escuchá lo que puso en esta oración.
“Disfrazada de Carmen Miranda
bebió el agua helada del aguamanil sin
saber que su madrastra la había envenenado
con ácido muriático.”

- Y qué querés. Con ese nombre, contestó Lidia.

viernes, 7 de agosto de 2009

ESTA MUJER...¿ERA MI MADRE?

De chica me preguntaba si esa mujer depilándose el bozo en el baño era mi madre. Supongo que todo niño alguna vez tuvo sospechas acerca de su origen. Las mías eran múltiples por múltiples motivos.
Mamá detestaba que los pájaros la despertaran, que los perros babearan y que las vacas dijeran mu. Yo me sentía la reencarnación de San Francisco de Asís.
Mamá creía que los extraterrestres eran puras estupideces. Yo intentaba comunicarme con ellos dos veces por semana.
Mamá pensaba que esconder las galletitas, el cable de la tele y contar las milanesas frías que habían quedado en la heladera, era un plan de economía doméstica. Yo que era puro abuso de poder.
Yo amaba la lectura, saber de dónde se extraía el jade y hacia dónde emigraban las golondrinas. Mamá lo único que terminó de leer fue Platero y Yo, tres artículos del Readers Digest y su máximo interés era ganar el Prode.
Yo aprendía a hacer voulavents viendo Buenas Tardes Mucho Gusto. Mamá bufaba cuando tenía que hacer los huevos duros para los pic-nics.

Ella, grandes ojos color turquesa. Yo, ojos marrón zapato de colegio.
Ella, pelo rubio ceniza llovido. Yo, pelo castaño rojizo voluble.
Ella, odiaba el pollo. Yo, le pedía a Papá Noel que me dejara uno al espiedo en el arbolito.

¿Habrá sido mi madre?

miércoles, 5 de agosto de 2009

NO ME PARECÍA A RITA HAYWORTH

Antes de empezar me cercioraba que la casa estuviera vacía. Después corría los muebles del comedor para comenzar la práctica. La música disponible no ayudaba demasiado. En nuestro Ken Brown solía escucharse bastante Bossa Nova, Ray Conniff, algo de Nat King Cole y Frank Sinatra. Pero nada de Rod Stewart o Peter Frampton. Entonces cantaba. Entrecerraba los ojos para recordar la melodía y fruncía el seño para concentrarme y así poder cantar y bailar al mismo tiempo …if you want my Money and you think I´m sexy, come on sugar let me know… Y así iba puliendo el pasito de moda. Un rebote adelante y otro atrás, sacudiendo la cadera, pero nada exagerado. Una vez alcanzada la cadencia y el ritmo correcto con todo el cuerpo, introducía el bamboleo de brazos…She sits alone waiting for suggestions, he's so nervous avoiding all the questions...

Llegaba el sábado y sin importar cuán perfecto me hubiese salido el pasito el día anterior,a último momento me acobardaba y decidía no ir. Y todo por mi pelo.

Mi pelo no era ni rizado, ni lacio, ni ondeado ni crespo, ni grueso ni finito. Mi pelo era todas esas posibilidades al mismo tiempo. Yo lo tomé como un castigo divino. Bastante me había costado aceptar que de todos en casa yo era la única con ojos marrones; medir un metro setenta y tres cuando ningún candidato superaba el metro sesenta; calzar treinta y nueve desde los doce; tener boca grande y ser catalogada por mis tías abuelas como interesante en vez de linda...Pero tener el pelo voluble? Eso ya era demasiado.

¿Qué le pasaba a mi pelo? ¿Qué fuerza diabólica lo dominaba?.
Cuando el clima era seco se electrizaba y se adhería a mis cachetes. Y cuando la humedad superaba el setenta por ciento, se encrespaba, se inflaba y enloquecía. El flequillo se rebelaba aún más formando dos rulos con forma de cuerno sobre mis sienes dándome un aspecto indeseable de querubín gigante. No tardé mucho en aprender algunos trucos que mantenían mi melena indomable bajo control. El pelo lacio me hacía sentir segura. Con el pelo lacio me animaba a ir a las fiestas y enfrentar al sexo opuesto.

Después del “querés bailar” los examinaba de reojo. Ni lindos ni feos eran los chicos que me elegían. Pero aceptaba. Yo me concentraba en reproducir los pasitos ensayados durante la semana dándole la espalda. Prefería controlar el contorno de mi cabeza reflejada en el ventanal que tenía a mis espaldas más que comprobar si el chico con el que bailaba tenía lindos ojos. La noche prometía. El pasito me salía a la perfección, la dieta de la manzana había dado resultado, mi pelo se mantenía en su lugar... Y los temas que pasaban eran mis preferidos: Fleetwood Mac, Gloria Gaynor, Stevie Wonder. Pero el bailar me hacía transpirar intensamente. Y a él también. El calor se hacía insoportable. Yo evitaba establecer contacto visual para que no me lo pidiera. El rebote adelante y atrás, siempre mirando a un costado y al otro. Y de pronto lo inevitable. Un golpecito suave en el hombro y la fatídica propuesta: "Querés ir a tomar algo al jardín?” Y ahí comenzaba mi pesadilla. Caminar manteniendo la cabeza debajo de los aleros parecía ser la única solución para evitar los efectos del rocío sobre mi pelo. Pero la situación se hacía insostenible. Cuánto tiempo podíamos durar así? Yo, caminando por el caminito de ladrillos que bordeaba la pared de la casa con la cabeza inclinada debajo del techo y él esquivando los caracoles por el colchón de musgo con cara de asustado. Imposible. Entonces me entregaba a la intemperie y la metamorfosis no se hacía esperar. Alimentada por ese cocktail letal de baile, transpiración, el vapor hirviente que emanaba de mi cabeza y el rocío, mi peinado mutaba, cobraba vida...crecía.
El rocío era uno de los mayores enemigos para mi tipo de pelo. Producía un efecto silencioso y mortal sobre la primera capa de mi peinado alisado. Había pasado horas intentando engañar a la naturaleza con un truco maléfico llamado “la toca”, para que, en cuestión de segundos, el efecto de estiramiento se revirtiera a una velocidad espeluznante.


To be continued...