En casa usábamos palabras, expresiones y extranjerismos raros. Aunque el único leído de la familia era papá, mamá tenía la costumbre de retener en la memoria vocablos extraños que escuchaba por ahí. Sin conocer con exactitud su significado pero dotada de una intuición poderosa, los embocaba a la perfección en sus oraciones.
Mi infancia se vió nutrida de esta clase de palabras y expresiones.
Cornucopia, opíparo, cintura divito, babé, canícular, jastial, sílfide, tísico. Heliotropo, bonvivant, blef, almácigo, gestroemia, misansen, parecía una cornucopia. El vestido de Martita era ampuloso, tu tío Anaselmo era un sibarita.
Antes de estrenar un vocablo yo preguntaba
qué quería decir. Las respuestas de mamá
me ayudaban poco y nada. Tanto como
a Amundsen le hubiera servido un
“por allá” para orientarse
en el polo norte. Entonces, como ella,
me dejaba llevar por la intuición,
Mi rebuscado vocabulario crecía cada día.
Con él hablaba con mis amigas del colegio,
con mis hermanos y con las visitas. Y me traía problemas.
Creyendo lucirme en mis clases de lengua
lo utilizaba en la redacción de mis oraciones
y composiciones.
- Los niños descansan bajo el sauce llorón
después de una opíparo brunch.
- Al notar que los pantalones
le quedaban cortos, la madre exclamó:
¡Hija! Estás hecha un jastial.
- Mabel organizó la frutas en el bowl
cual cornucopia.
- Optaron por no salir a juntar totoras
porque el calor era canicular.
Mi maestra de lengua sospechaba de mi vocabulario.
Un día la escuché cuchicheando con Lidia,
la de matemática, mientras corregían a la hora del recreo:
- Esta chica escribe raro, viste. Escuchá lo que puso en esta oración.
“Disfrazada de Carmen Miranda
bebió el agua helada del aguamanil sin
saber que su madrastra la había envenenado
con ácido muriático.”
- Y qué querés. Con ese nombre, contestó Lidia.
viernes, 28 de agosto de 2009
viernes, 7 de agosto de 2009
ESTA MUJER...¿ERA MI MADRE?
De chica me preguntaba si esa mujer depilándose el bozo en el baño era mi madre. Supongo que todo niño alguna vez tuvo sospechas acerca de su origen. Las mías eran múltiples por múltiples motivos.
Mamá detestaba que los pájaros la despertaran, que los perros babearan y que las vacas dijeran mu. Yo me sentía la reencarnación de San Francisco de Asís.
Mamá creía que los extraterrestres eran puras estupideces. Yo intentaba comunicarme con ellos dos veces por semana.
Mamá pensaba que esconder las galletitas, el cable de la tele y contar las milanesas frías que habían quedado en la heladera, era un plan de economía doméstica. Yo que era puro abuso de poder.
Yo amaba la lectura, saber de dónde se extraía el jade y hacia dónde emigraban las golondrinas. Mamá lo único que terminó de leer fue Platero y Yo, tres artículos del Readers Digest y su máximo interés era ganar el Prode.
Yo aprendía a hacer voulavents viendo Buenas Tardes Mucho Gusto. Mamá bufaba cuando tenía que hacer los huevos duros para los pic-nics.
Ella, grandes ojos color turquesa. Yo, ojos marrón zapato de colegio.
Ella, pelo rubio ceniza llovido. Yo, pelo castaño rojizo voluble.
Ella, odiaba el pollo. Yo, le pedía a Papá Noel que me dejara uno al espiedo en el arbolito.
¿Habrá sido mi madre?
Mamá detestaba que los pájaros la despertaran, que los perros babearan y que las vacas dijeran mu. Yo me sentía la reencarnación de San Francisco de Asís.
Mamá creía que los extraterrestres eran puras estupideces. Yo intentaba comunicarme con ellos dos veces por semana.
Mamá pensaba que esconder las galletitas, el cable de la tele y contar las milanesas frías que habían quedado en la heladera, era un plan de economía doméstica. Yo que era puro abuso de poder.
Yo amaba la lectura, saber de dónde se extraía el jade y hacia dónde emigraban las golondrinas. Mamá lo único que terminó de leer fue Platero y Yo, tres artículos del Readers Digest y su máximo interés era ganar el Prode.
Yo aprendía a hacer voulavents viendo Buenas Tardes Mucho Gusto. Mamá bufaba cuando tenía que hacer los huevos duros para los pic-nics.
Ella, grandes ojos color turquesa. Yo, ojos marrón zapato de colegio.
Ella, pelo rubio ceniza llovido. Yo, pelo castaño rojizo voluble.
Ella, odiaba el pollo. Yo, le pedía a Papá Noel que me dejara uno al espiedo en el arbolito.
¿Habrá sido mi madre?
miércoles, 5 de agosto de 2009
NO ME PARECÍA A RITA HAYWORTH
Antes de empezar me cercioraba que la casa estuviera vacía. Después corría los muebles del comedor para comenzar la práctica. La música disponible no ayudaba demasiado. En nuestro Ken Brown solía escucharse bastante Bossa Nova, Ray Conniff, algo de Nat King Cole y Frank Sinatra. Pero nada de Rod Stewart o Peter Frampton. Entonces cantaba. Entrecerraba los ojos para recordar la melodía y fruncía el seño para concentrarme y así poder cantar y bailar al mismo tiempo …if you want my Money and you think I´m sexy, come on sugar let me know… Y así iba puliendo el pasito de moda. Un rebote adelante y otro atrás, sacudiendo la cadera, pero nada exagerado. Una vez alcanzada la cadencia y el ritmo correcto con todo el cuerpo, introducía el bamboleo de brazos…She sits alone waiting for suggestions, he's so nervous avoiding all the questions...
Llegaba el sábado y sin importar cuán perfecto me hubiese salido el pasito el día anterior,a último momento me acobardaba y decidía no ir. Y todo por mi pelo.
Mi pelo no era ni rizado, ni lacio, ni ondeado ni crespo, ni grueso ni finito. Mi pelo era todas esas posibilidades al mismo tiempo. Yo lo tomé como un castigo divino. Bastante me había costado aceptar que de todos en casa yo era la única con ojos marrones; medir un metro setenta y tres cuando ningún candidato superaba el metro sesenta; calzar treinta y nueve desde los doce; tener boca grande y ser catalogada por mis tías abuelas como interesante en vez de linda...Pero tener el pelo voluble? Eso ya era demasiado.
¿Qué le pasaba a mi pelo? ¿Qué fuerza diabólica lo dominaba?.
Cuando el clima era seco se electrizaba y se adhería a mis cachetes. Y cuando la humedad superaba el setenta por ciento, se encrespaba, se inflaba y enloquecía. El flequillo se rebelaba aún más formando dos rulos con forma de cuerno sobre mis sienes dándome un aspecto indeseable de querubín gigante. No tardé mucho en aprender algunos trucos que mantenían mi melena indomable bajo control. El pelo lacio me hacía sentir segura. Con el pelo lacio me animaba a ir a las fiestas y enfrentar al sexo opuesto.
Después del “querés bailar” los examinaba de reojo. Ni lindos ni feos eran los chicos que me elegían. Pero aceptaba. Yo me concentraba en reproducir los pasitos ensayados durante la semana dándole la espalda. Prefería controlar el contorno de mi cabeza reflejada en el ventanal que tenía a mis espaldas más que comprobar si el chico con el que bailaba tenía lindos ojos. La noche prometía. El pasito me salía a la perfección, la dieta de la manzana había dado resultado, mi pelo se mantenía en su lugar... Y los temas que pasaban eran mis preferidos: Fleetwood Mac, Gloria Gaynor, Stevie Wonder. Pero el bailar me hacía transpirar intensamente. Y a él también. El calor se hacía insoportable. Yo evitaba establecer contacto visual para que no me lo pidiera. El rebote adelante y atrás, siempre mirando a un costado y al otro. Y de pronto lo inevitable. Un golpecito suave en el hombro y la fatídica propuesta: "Querés ir a tomar algo al jardín?” Y ahí comenzaba mi pesadilla. Caminar manteniendo la cabeza debajo de los aleros parecía ser la única solución para evitar los efectos del rocío sobre mi pelo. Pero la situación se hacía insostenible. Cuánto tiempo podíamos durar así? Yo, caminando por el caminito de ladrillos que bordeaba la pared de la casa con la cabeza inclinada debajo del techo y él esquivando los caracoles por el colchón de musgo con cara de asustado. Imposible. Entonces me entregaba a la intemperie y la metamorfosis no se hacía esperar. Alimentada por ese cocktail letal de baile, transpiración, el vapor hirviente que emanaba de mi cabeza y el rocío, mi peinado mutaba, cobraba vida...crecía.
El rocío era uno de los mayores enemigos para mi tipo de pelo. Producía un efecto silencioso y mortal sobre la primera capa de mi peinado alisado. Había pasado horas intentando engañar a la naturaleza con un truco maléfico llamado “la toca”, para que, en cuestión de segundos, el efecto de estiramiento se revirtiera a una velocidad espeluznante.
To be continued...
Llegaba el sábado y sin importar cuán perfecto me hubiese salido el pasito el día anterior,a último momento me acobardaba y decidía no ir. Y todo por mi pelo.
Mi pelo no era ni rizado, ni lacio, ni ondeado ni crespo, ni grueso ni finito. Mi pelo era todas esas posibilidades al mismo tiempo. Yo lo tomé como un castigo divino. Bastante me había costado aceptar que de todos en casa yo era la única con ojos marrones; medir un metro setenta y tres cuando ningún candidato superaba el metro sesenta; calzar treinta y nueve desde los doce; tener boca grande y ser catalogada por mis tías abuelas como interesante en vez de linda...Pero tener el pelo voluble? Eso ya era demasiado.
¿Qué le pasaba a mi pelo? ¿Qué fuerza diabólica lo dominaba?.
Cuando el clima era seco se electrizaba y se adhería a mis cachetes. Y cuando la humedad superaba el setenta por ciento, se encrespaba, se inflaba y enloquecía. El flequillo se rebelaba aún más formando dos rulos con forma de cuerno sobre mis sienes dándome un aspecto indeseable de querubín gigante. No tardé mucho en aprender algunos trucos que mantenían mi melena indomable bajo control. El pelo lacio me hacía sentir segura. Con el pelo lacio me animaba a ir a las fiestas y enfrentar al sexo opuesto.
Después del “querés bailar” los examinaba de reojo. Ni lindos ni feos eran los chicos que me elegían. Pero aceptaba. Yo me concentraba en reproducir los pasitos ensayados durante la semana dándole la espalda. Prefería controlar el contorno de mi cabeza reflejada en el ventanal que tenía a mis espaldas más que comprobar si el chico con el que bailaba tenía lindos ojos. La noche prometía. El pasito me salía a la perfección, la dieta de la manzana había dado resultado, mi pelo se mantenía en su lugar... Y los temas que pasaban eran mis preferidos: Fleetwood Mac, Gloria Gaynor, Stevie Wonder. Pero el bailar me hacía transpirar intensamente. Y a él también. El calor se hacía insoportable. Yo evitaba establecer contacto visual para que no me lo pidiera. El rebote adelante y atrás, siempre mirando a un costado y al otro. Y de pronto lo inevitable. Un golpecito suave en el hombro y la fatídica propuesta: "Querés ir a tomar algo al jardín?” Y ahí comenzaba mi pesadilla. Caminar manteniendo la cabeza debajo de los aleros parecía ser la única solución para evitar los efectos del rocío sobre mi pelo. Pero la situación se hacía insostenible. Cuánto tiempo podíamos durar así? Yo, caminando por el caminito de ladrillos que bordeaba la pared de la casa con la cabeza inclinada debajo del techo y él esquivando los caracoles por el colchón de musgo con cara de asustado. Imposible. Entonces me entregaba a la intemperie y la metamorfosis no se hacía esperar. Alimentada por ese cocktail letal de baile, transpiración, el vapor hirviente que emanaba de mi cabeza y el rocío, mi peinado mutaba, cobraba vida...crecía.
El rocío era uno de los mayores enemigos para mi tipo de pelo. Producía un efecto silencioso y mortal sobre la primera capa de mi peinado alisado. Había pasado horas intentando engañar a la naturaleza con un truco maléfico llamado “la toca”, para que, en cuestión de segundos, el efecto de estiramiento se revirtiera a una velocidad espeluznante.
To be continued...
jueves, 16 de julio de 2009
UN TAL ROQUE FELER
Al parecer yo no dimensionaba el valor del dinero. Mucho menos imaginaba lo mucho que costaba ganarlo. Esto enfurecía a mi madre y cuando podía me daba un sermón que incluía frases como: la plata no brota de los árboles, cómo se nota que tu única preocupación es que te queden parejas las dos colitas y saltar bien al elástico....Y toda vez que yo pretendía que me comprara algo que ella consideraba un gasto innecesario o demasiado caro para nuestro presupuesto, me decía:
Vos creés yo soy Roque Feler, mijita?
Dentro de la lista que el tal Roque Feler podía afrontar y nosotros no, mamá incluía:
La revistas Billiken y Anteojito, las galletitas manón, las figuritas con brillantina, los chupetines Topolino, los helados Noel, las lapiceras con luz, el Ludomatic y el cerebro mágico.
En memoria de John Davison Rockefeller.
El multimillonario con quien mi madre me atromentara en la niñez.
Vos creés yo soy Roque Feler, mijita?
Dentro de la lista que el tal Roque Feler podía afrontar y nosotros no, mamá incluía:
La revistas Billiken y Anteojito, las galletitas manón, las figuritas con brillantina, los chupetines Topolino, los helados Noel, las lapiceras con luz, el Ludomatic y el cerebro mágico.
En memoria de John Davison Rockefeller.
El multimillonario con quien mi madre me atromentara en la niñez.
sábado, 11 de julio de 2009
DIOS SI ME ESTÁS ESCUCHANDO MOVÉ LA LÁMPARA
De un día para otro pasé de ser una niña común y silvestre a ser una niña católica. Así por lo menos lo tengo registrado en mi memoria. Como si un lunes me hubiese dedicado a fabricar papel picado, a saltar a la soga, a ver pasar las nubes tirada panza arriba sobre el pasto y al día siguiente me hubiese convertido en alguien diferente. Alguien que pensaba que esas nubes, los bichos canasto, el verdulero y, ella misma, habían sido todos creados por un dios.
La idea de dios la entendí enseguida. Había alguien que sabía hacer hormigas y ese alguien no era humano. Los humanos podíamos fabricar bidets, teléfonos, panderetas y aviones, pero ningún humano tenía la capacidad de crear vida de la nada. Y aunque a mi igualmente me parecía que los que habían inventado la televisión y el teléfono eran casi dioses, la idea de un ser capaz de crear todo el universo empezó a fascinarme. Tanto que pensar en él se transformó en mi pasatiempo preferido.
Una de las cosas que más me divertía, era clasificar y hacer comparaciones entre sus creaciones. Dios había creado a los tábanos y a la luna, a Cleopatra y a mi tío Cacho, a Doris Day y a mí.
Otra cosa muy conveniente acerca de dios es que le podías pedir cualquier cosa. Al menos eso entendí yo. Lo primero que le pedí fue que cambiara el color de mis ojos. Siempre pensé que haber venido al mundo con un par de ojos marrones había sido un error. Yo había nacido para tener ojos verdes....
La idea de dios la entendí enseguida. Había alguien que sabía hacer hormigas y ese alguien no era humano. Los humanos podíamos fabricar bidets, teléfonos, panderetas y aviones, pero ningún humano tenía la capacidad de crear vida de la nada. Y aunque a mi igualmente me parecía que los que habían inventado la televisión y el teléfono eran casi dioses, la idea de un ser capaz de crear todo el universo empezó a fascinarme. Tanto que pensar en él se transformó en mi pasatiempo preferido.
Una de las cosas que más me divertía, era clasificar y hacer comparaciones entre sus creaciones. Dios había creado a los tábanos y a la luna, a Cleopatra y a mi tío Cacho, a Doris Day y a mí.
Otra cosa muy conveniente acerca de dios es que le podías pedir cualquier cosa. Al menos eso entendí yo. Lo primero que le pedí fue que cambiara el color de mis ojos. Siempre pensé que haber venido al mundo con un par de ojos marrones había sido un error. Yo había nacido para tener ojos verdes....
jueves, 9 de julio de 2009
QUÉ ESTÁN TRAMANDO?
Primero el negro Fontanarrosa
después Jorge Guinzburg.
Le siguieron Fernando Peña y Alejandro Doria.
Mario Benedetti, Andrés Cascioli, Michael Jackson y ahora Jorge Bañes.
Qué está pasando.
Paren de morirse y de dejarnos tan solos, che!
Y si están tramando algo...avisen!
Pasen dirección o teléfono de contacto!
después Jorge Guinzburg.
Le siguieron Fernando Peña y Alejandro Doria.
Mario Benedetti, Andrés Cascioli, Michael Jackson y ahora Jorge Bañes.
Qué está pasando.
Paren de morirse y de dejarnos tan solos, che!
Y si están tramando algo...avisen!
Pasen dirección o teléfono de contacto!
jueves, 25 de junio de 2009
NO TODOS LOS FRONTERIZOS SE DEDICAN AL FOLKLORE
Lo cierto es que un día descubrí cuál era mi problema. Yo no era inteligente. Lo venía sospechando, pero me hacía la zonza. Cara de faltita, no tenía. Aunque para cerciorarme fui a chequear al baño grande. Un espejo amplio de frente y dos a los costados. Y mi imagen multiplicándose hasta el infinito. Mi perfil izquierdo era normal y bastante lindo. Pero el derecho me hacía dudar. La boca enorme, trompuda y las comisuras que se derretían a los costados. Mi tamaño en general era otro elemento de duda. Había crecido desmesuradamente. Un metro setenta y dos a los trece. Empecé a caminar encorvada para disimular sin resultado.
Cuántos años tiene la nena?, preguntaban cómo si yo no estuviese allí. Trece.
Uy, que grandota.
Por cómo lo decían y de tanto subrayarlo deduje que la palabra tenía algún tipo de connotación negativa. Desde entonces detesto el adjetivo. Por ser descalificador y burlón de la manera más vil.
La palabra fronterizo la escuche por primera vez de boca de una amiga de mamá.
Viste, pobre Titina? Parece que el menor le salió fronterizo.
Y sí. Eso me me generó una gran confusión y luego la terrible sospecha de que yo era otro caso aunque aún no detectado.
Lo que más me sorprendía era que nadie se diera cuenta salvo yo. Ni mis amigas, ni mis maestros. Tal vez fuese por mi notable habilidad para imitar a los inteligentes.
Continuará
Cuántos años tiene la nena?, preguntaban cómo si yo no estuviese allí. Trece.
Uy, que grandota.
Por cómo lo decían y de tanto subrayarlo deduje que la palabra tenía algún tipo de connotación negativa. Desde entonces detesto el adjetivo. Por ser descalificador y burlón de la manera más vil.
La palabra fronterizo la escuche por primera vez de boca de una amiga de mamá.
Viste, pobre Titina? Parece que el menor le salió fronterizo.
Y sí. Eso me me generó una gran confusión y luego la terrible sospecha de que yo era otro caso aunque aún no detectado.
Lo que más me sorprendía era que nadie se diera cuenta salvo yo. Ni mis amigas, ni mis maestros. Tal vez fuese por mi notable habilidad para imitar a los inteligentes.
Continuará
viernes, 19 de junio de 2009
FRASCO DE AHORRO
Ahorrar es esconder plata sin que se entere tu padre. Textuales palabras de mi madre.
Mis ideas de administración y finanzas las aprendí todas de la mano de mamá. Ella decía frases como ésta: "Cría cuervos y te comerán los ojos".
Mamá tenía tres hijos. Dos cuervos y yo.
Ella nunca me explicó lo que era una caja de ahorro. Tampoco me llevó una mañana a una visita guiada al Banco Nación. Una noche mamá me guió hasta el fondo del jardín. En una mano llevaba una linterna Eveready colorada, en la otra, un frasco de café Dolca con diez mil dólares prolijamente enrollados en su interior. Mamá cavó un pozo cinco pasos a la izquierda de un azarero. Y allí enterramos el frasco envuelto en una bolsa de plástico negro amordazada con cinta scotch..
Así fue que recibí mi primer lección de ahorro. Se ve que yo era otra clase de pájaro. .
Mis ideas de administración y finanzas las aprendí todas de la mano de mamá. Ella decía frases como ésta: "Cría cuervos y te comerán los ojos".
Mamá tenía tres hijos. Dos cuervos y yo.
Ella nunca me explicó lo que era una caja de ahorro. Tampoco me llevó una mañana a una visita guiada al Banco Nación. Una noche mamá me guió hasta el fondo del jardín. En una mano llevaba una linterna Eveready colorada, en la otra, un frasco de café Dolca con diez mil dólares prolijamente enrollados en su interior. Mamá cavó un pozo cinco pasos a la izquierda de un azarero. Y allí enterramos el frasco envuelto en una bolsa de plástico negro amordazada con cinta scotch..
Así fue que recibí mi primer lección de ahorro. Se ve que yo era otra clase de pájaro. .
jueves, 23 de abril de 2009
LOS BUENUDOS
Aquí vienen. Son todos buenos, todos educados, todos católicos, todos un poco estúpidos y aburridos. Viajan en un auto muy grande, desvencijado y pintado en algunas partes con pincel. Viajan en pilas, todos apretados, pero no reclaman. De tan buenos son tediosos, exasperantes, irrespirables, asesinables.
Son ocho. La mamá, buenuda, el papá buenudo, dos buenudos adolescentes dóciles sin causa y cuatro buenuditos menores llenos de picaduras y tos convulsa que, juntos van a misa. Hace poco me enteré de que un noveno buenudo viene en camino y que nacerá en una clínica que no se pinta desde mil nueve ochenta y siete.
Los buenudos siempre tienen muchos hijos. No se animan a ir encontra de lo que dicen los papas porque les da miedo ir al infierno. Entonces traen al mundo niños y más niños que no pueden mantener por lo que reciben donaciones de allegados culposos que los critican y los detestan. Los buenudos a eso le dicen providencia
Los buenudos no son pobres. Son seres incompatibles con él éxito de cualquier clase. Están untados con una mansedumbre irritante que los torna patéticamente conformistas. Se amigan con las carencias reinantes y se animan a ser felices. La madre buenuda prepara arroz con leche y tortas kilométricas que se queman mientras teje pantuflas en punto santa clara. Ella no lee, ni pinta, ni se tiñe el pelo. El papá es abogado y defiende casos enfundado en trajes que nunca fueron a la tintorería. La hija mayor cree estar a la moda porque usa vincha. El segundo es bastante lindo pero los pelos que le crecieron en las piernas son largos y lacios, y tiene una barba indecisa y blanda que lo vuelve deprimente.
La estética de los buenudos es exasperante. Es un recordatorio constante del agobio y la incapacidad para vivir en la belleza.
A los buenudos los becan en todas partes y los curas y las monjas los ponen como ejemplo. Heredan inscripciones a clubes de primera línea y conviven con sus agrios bártulos multicolores que incluyen bolsas de supermercado y de Cacharel, entre gente que gasta más en alimento y spas para sus mascotas, que ellos en comida. Van al club de la mañana a la noche y usan todas las instalaciones. Almuerzan sandwiches de paté en pan francés, toman agua de la canilla, de postre bananas pasadas con olor a rancio y nadie se queja.
Los buenudos también van a la playa. Les prestan casas los primeros días de diciembre o en la segunda quincena de febrero. Muchos buenudos no se broncean. Se ponen de color rosa y se descascaran hasta el último día. Usan barrenadores de telgopor, juegan al tejo y a la paleta pero nunca paran al heladero. Los más chicos hacen pozos y cuando se enojan, se tiran arena húmeda en la cara y lloran abriendo mucho la boca. Se secan al sol sobre lonas azules y rojas de flecos descocidos, estampadas con sogas y barquitos, los hombros embadurnados en Sapolán.
El padre sale a caminar con alguno por la orilla y le cuenta una película de Chevy Chase que vio en los ochenta. La madre duerme al menor debajo de una sombrilla enclenque y lo cubre con un par de toallas finitas, rayadas y desteñidas.
Cuando van a un casamiento los buenudos usan trajes y vestidos prestados. Ellos, mangas demasiado largas, puños arrugados, sacos ceñidos, cuellos de camisa blandos y corbatas que fueron anudadas hasta la eternidad. Ellas, tacos arratonados, accesorios de strass mal engarzados, flores de mercería lívidas y mustias en el pelo o en los escotes y exceso de clips en los peinados caseros.
Los buenudos tienen casas donde pasar la franela no un hábito. Por lo que sobre sus muebles descansa una gruesa e intricada capa de polvo, rellena de pelusas, pelos de todos ellos y de sus animales. Los colchones de los mayores huelen a humedad y los de los menores a pis. Sus sábanas de pocos hilos están plagadas de bolitas. En el baño más toallas corroídas, percudidas y ásperas. Jabones con grietas negras y olor a nada. Cortinas de baño decoradas con hongos y alfombritas recolectoras de mugre.
Si se les muere alguien, los buenudos practican la aceptación, consuelan a terceros y arman santuarios de papas y beatos iluminados por velas mortecinas y hacen cadenas de oración.
Cada tanto un pariente pudiente les regala algo descomunal como una televisión plana de cincuenta pulgadas que no condice con el contexto raído, mal iluminado y que todos a la vez, miran, admiran, rodean y festejan como una familia de monos.
Son ocho. La mamá, buenuda, el papá buenudo, dos buenudos adolescentes dóciles sin causa y cuatro buenuditos menores llenos de picaduras y tos convulsa que, juntos van a misa. Hace poco me enteré de que un noveno buenudo viene en camino y que nacerá en una clínica que no se pinta desde mil nueve ochenta y siete.
Los buenudos siempre tienen muchos hijos. No se animan a ir encontra de lo que dicen los papas porque les da miedo ir al infierno. Entonces traen al mundo niños y más niños que no pueden mantener por lo que reciben donaciones de allegados culposos que los critican y los detestan. Los buenudos a eso le dicen providencia
Los buenudos no son pobres. Son seres incompatibles con él éxito de cualquier clase. Están untados con una mansedumbre irritante que los torna patéticamente conformistas. Se amigan con las carencias reinantes y se animan a ser felices. La madre buenuda prepara arroz con leche y tortas kilométricas que se queman mientras teje pantuflas en punto santa clara. Ella no lee, ni pinta, ni se tiñe el pelo. El papá es abogado y defiende casos enfundado en trajes que nunca fueron a la tintorería. La hija mayor cree estar a la moda porque usa vincha. El segundo es bastante lindo pero los pelos que le crecieron en las piernas son largos y lacios, y tiene una barba indecisa y blanda que lo vuelve deprimente.
La estética de los buenudos es exasperante. Es un recordatorio constante del agobio y la incapacidad para vivir en la belleza.
A los buenudos los becan en todas partes y los curas y las monjas los ponen como ejemplo. Heredan inscripciones a clubes de primera línea y conviven con sus agrios bártulos multicolores que incluyen bolsas de supermercado y de Cacharel, entre gente que gasta más en alimento y spas para sus mascotas, que ellos en comida. Van al club de la mañana a la noche y usan todas las instalaciones. Almuerzan sandwiches de paté en pan francés, toman agua de la canilla, de postre bananas pasadas con olor a rancio y nadie se queja.
Los buenudos también van a la playa. Les prestan casas los primeros días de diciembre o en la segunda quincena de febrero. Muchos buenudos no se broncean. Se ponen de color rosa y se descascaran hasta el último día. Usan barrenadores de telgopor, juegan al tejo y a la paleta pero nunca paran al heladero. Los más chicos hacen pozos y cuando se enojan, se tiran arena húmeda en la cara y lloran abriendo mucho la boca. Se secan al sol sobre lonas azules y rojas de flecos descocidos, estampadas con sogas y barquitos, los hombros embadurnados en Sapolán.
El padre sale a caminar con alguno por la orilla y le cuenta una película de Chevy Chase que vio en los ochenta. La madre duerme al menor debajo de una sombrilla enclenque y lo cubre con un par de toallas finitas, rayadas y desteñidas.
Cuando van a un casamiento los buenudos usan trajes y vestidos prestados. Ellos, mangas demasiado largas, puños arrugados, sacos ceñidos, cuellos de camisa blandos y corbatas que fueron anudadas hasta la eternidad. Ellas, tacos arratonados, accesorios de strass mal engarzados, flores de mercería lívidas y mustias en el pelo o en los escotes y exceso de clips en los peinados caseros.
Los buenudos tienen casas donde pasar la franela no un hábito. Por lo que sobre sus muebles descansa una gruesa e intricada capa de polvo, rellena de pelusas, pelos de todos ellos y de sus animales. Los colchones de los mayores huelen a humedad y los de los menores a pis. Sus sábanas de pocos hilos están plagadas de bolitas. En el baño más toallas corroídas, percudidas y ásperas. Jabones con grietas negras y olor a nada. Cortinas de baño decoradas con hongos y alfombritas recolectoras de mugre.
Si se les muere alguien, los buenudos practican la aceptación, consuelan a terceros y arman santuarios de papas y beatos iluminados por velas mortecinas y hacen cadenas de oración.
Cada tanto un pariente pudiente les regala algo descomunal como una televisión plana de cincuenta pulgadas que no condice con el contexto raído, mal iluminado y que todos a la vez, miran, admiran, rodean y festejan como una familia de monos.
miércoles, 22 de abril de 2009
ESTO NO SE DICE, DE ESTO NO SE HABLA
Específicamente nunca me dijeron que no podía de decir que los pies inmundos son inmundos. Mi madre vigilaba mucho más mis acciones que mis pensamientos. No te comas los mocos, no metas los dedos adentro del puré, no hagas burbujas de baba, no muerdas los botones del saco.
Más que ninguna otra parte visible del cuerpo, los pies feos me provocaban arcadas. Y una especie de fascinación lindante con la tortura, debo reconocer. Bocas con dientes deformes, lenguas verdes y verrugas con pelos a su alrededor, ocupaban el segundo lugar en una escala de clasificación de cosas horripilantes que nunca encontró tangibilidad en ningún tipo de lenguaje hablado o escrito. Eran cosas que pensaba y que claramente yo identificaba como inconfesables. Como un raro crimen que yo sola sabía que había cometido.
Pensaba. Pensaba cosas feas y oscuras. Pensaba sentencias que, al no poder decir, iba guardando, una a una, sobre los estantes de un raro mueble de mi mente al que denominé la pensoteca.
sábado, 18 de abril de 2009
PARA VELAR BIEN A MAMÁ
Tenía nueve años y estaba en la cocina completando mi tarea con la ayuda del Manual del Alumno Bonaerense. Mamá me preguntó cuánto me faltaba y me pidió que no dejara rulitos de goma de borrar, ni las virutas de los lápices de colores sobre la mesa. “Cuando termines limpiá todo y vení a mi cuarto que te tengo que decir algo”
Yo disfrutaba haciendo los deberes. Mientras pintaba los dibujos en mi cuaderno Lancero, paseaba la lengua de un lado al otro de mi labio inferior, canturreaba canciones de la Novicia Rebelde y perdía la noción del tiempo. Uno a uno pintaba los trajes de los granaderos con un lápiz color azul ultramar. Lo hacía con dedicación, trazos parejos, perfectos, casi obsesivos. Después de repasar por última vez el pretérito pluscuamperfecto del verbo correr, pasé el escobillón, el trapo de rejilla por el hule estampado y guardé la cartuchera, los cuadernos y el manual dentro de mi valija de cuero marrón. Antes de cerrar las hebillas, la olía inspirando profundo en su interior con los ojos cerrados. Es que ese olor, aunque dulzón y algo deprimente, mezcla de crayón, recortes de la revista Anteojito, libro de texto y basura de sacapuntas, me hacía sentir bien. No sé porqué. Después, me subí a los patines de frazada escocesa que me esperaban en el límite entre los mosaicos y el parquet de roble americano, y jugando a ser una patinadora profesional, crucé el comedor y el living para así llegar al cuarto de mamá, ahora canturreando, Chim chim cher-ee, otra de mis canciones preferidas, en este caso de Mary Poppins. Ella estaba leyendo el Readers Digest recostada sobre la cama, la colcha Pallette blanca replegada sobre sus pies, porque había empezado a hacer frío, y los anteojos con marcos de carey apoyados a mitad de la nariz.
Primera parte
viernes, 17 de abril de 2009
Próximos Capítulos de: MAMÁ, MAMÁ ME PICA LA COLA y otras anécdotas aberrantes
1. No camines encorvada, querés.
2. Esto no se lo cuentes a nadie
3. Caja de ahorro, no. Frasco. Frasco.
4. Yo no quiero ser interesante, quiero ser linda.
5. La felicidad es ganarse el prode
6. Según mamá las remeras con tuercas no son de varón
7. Parecerse a Isadora Duncan es un elogio?
8. Helado? Vos creés que yo soy Rockefeller?
9. El Nesquik vs Vascolet
10. Los zorros grises y otras autoridades molestas.
12. Prohibido tener fiebre y vomitar fuera de la palangana.
13. Yo debería tener ojos verdes.
18. Para que querés crema de enjuague, si yo no uso?
19. Lustrar el desagüe con virulana y Odex después de bañarse.
20. Mamá era el sol de mi sistema solar
21. Mi deporte preferido era el suicidio
22. Tenía el pelo voluminoso pero no me parecía a Rita Hayworth
23. El famoso"Qué dirán"
24. La familia Telerín era mejor que la mía.
25. Abuelito dime tú.
26. Compremos Crespi para ayudar a Hugo Arana
27. Mamá? Porqué Lidia no come con nosotros en la mesa?
28. Decir nena está mal?
29. Prohibido aburrirse y pensar que no te quiero
30. Un tema taboo llamado "el asunto"
31. Sobre adaptación para sobrevivir.
32. Angustia letal.
33. El apéndice me lo sacaban a mí pero consolaban a mamá
34. Primero el huevo duro.
35. Era necesario ir hasta Río de Janeiro en auto?
36. Por favor, que estamos en Brasil!
37. Los juanetes y otras imperfecciones imperdonables
38. Tibia y peroné.
39. No pueden venir porque ensucian la casa!
40. No te preocupes. Con el vestido y las flores...
41. Papá Noel y otras mentiras nada inofensivas
42. Instrucciones para un velorio
43. Levis Strauss vs la modista de mamá.
45. Levitación, telequinesis y otras disciplinas de las que fui autodidacta.
46. Mamá abandona mi ortodoncia y a mí me quedan los fierros en los dientes.
47. Primer premio: un pato inflable.
48. Entre la Bossa Nova, Ray Conniff y Nat King Cole
49. El hechizo de la Reina de la Canción
50. Un licuado de Mary Poppins y la Novicia Rebelde
51. El bochorno de las piernas teñidas de azul
52. Más evidencias de mi procedencia extraterrestre
2. Esto no se lo cuentes a nadie
3. Caja de ahorro, no. Frasco. Frasco.
4. Yo no quiero ser interesante, quiero ser linda.
5. La felicidad es ganarse el prode
6. Según mamá las remeras con tuercas no son de varón
7. Parecerse a Isadora Duncan es un elogio?
8. Helado? Vos creés que yo soy Rockefeller?
9. El Nesquik vs Vascolet
10. Los zorros grises y otras autoridades molestas.
12. Prohibido tener fiebre y vomitar fuera de la palangana.
13. Yo debería tener ojos verdes.
18. Para que querés crema de enjuague, si yo no uso?
19. Lustrar el desagüe con virulana y Odex después de bañarse.
20. Mamá era el sol de mi sistema solar
21. Mi deporte preferido era el suicidio
22. Tenía el pelo voluminoso pero no me parecía a Rita Hayworth
23. El famoso"Qué dirán"
24. La familia Telerín era mejor que la mía.
25. Abuelito dime tú.
26. Compremos Crespi para ayudar a Hugo Arana
27. Mamá? Porqué Lidia no come con nosotros en la mesa?
28. Decir nena está mal?
29. Prohibido aburrirse y pensar que no te quiero
30. Un tema taboo llamado "el asunto"
31. Sobre adaptación para sobrevivir.
32. Angustia letal.
33. El apéndice me lo sacaban a mí pero consolaban a mamá
34. Primero el huevo duro.
35. Era necesario ir hasta Río de Janeiro en auto?
36. Por favor, que estamos en Brasil!
37. Los juanetes y otras imperfecciones imperdonables
38. Tibia y peroné.
39. No pueden venir porque ensucian la casa!
40. No te preocupes. Con el vestido y las flores...
41. Papá Noel y otras mentiras nada inofensivas
42. Instrucciones para un velorio
43. Levis Strauss vs la modista de mamá.
45. Levitación, telequinesis y otras disciplinas de las que fui autodidacta.
46. Mamá abandona mi ortodoncia y a mí me quedan los fierros en los dientes.
47. Primer premio: un pato inflable.
48. Entre la Bossa Nova, Ray Conniff y Nat King Cole
49. El hechizo de la Reina de la Canción
50. Un licuado de Mary Poppins y la Novicia Rebelde
51. El bochorno de las piernas teñidas de azul
52. Más evidencias de mi procedencia extraterrestre
MAMÁ, MAMÁ, ME PICA LA COLA y otras anécdotas aberrantes.
Resulta que cuando tenía siete, me picaba mucho la cola. Así de simple. Yo me rascaba sin disimulo en cualquier lado. Me rascaba frente a mis compañeras de colegio, frente a mis vecinos, mis tíos y mis primos; me rascaba en los cumpleaños, en la sala de espera del dentista y en el vivero mientras esperaba que mamá terminara de comprar la media docena de copetes que durante la noche se habían devorado los caracoles. Y aunque hasta ese momento no había asistido a ningún entierro, seguramente si hubiese ido, me habría rascado también allí. Mamá tardó en percatarse de la rara costumbre que yo practicaba con total soltura y sin discriminación de público y espacio. Hasta que un día me rasqué frente al cura de la Parroquia San José. Habíamos ido por la tarde para donar toda mi ropa porque según mamá, de la noche a la mañana, me había convertido en un jastial. (Aún hoy es que sigo sin saber si el haberme convertido en un jastial fué algo positivo, negativo o meramente descriptivo). Mientras mamá le detallaba al cura que el contenido de la bolsa incluía vestidos de punto smock hechos a mano, algunas blusas con el cuello bordado y un vestido de comunión de plumetí francés que, aunque regalo de mi madrina, no era para nada de su agrado, yo jugaba a una rayuela imaginaria sobre las baldosas del patio de la parroquia y me rascaba la cola con especial placer y entusiasmo. Mientras las explicaciones de mamá se sucedían, el cura intercalaba miradas nerviosas entre ella y yo, sólo que a mí me miraba horrorizado y a mi madre le revoleaba los ojos como diciendo: “Señora, haga algo para que se detenga, en el nombre del Señor!” Fue más que espantoso. Porque mi rascado, que hasta ese instante había sido ingenuo, fresco, carente de malicia y proveedor de una extraña felicidad, de pronto se convirtió en un aberrante y oscuro pecado. Me sentí mala, fea, sucia e incomprendida. Al decodificar los gestos del padre Humberto, mamá gritó mi nombre de tal manera que los loros que anidaban en los eucaliptos detrás de la iglesia remontaron vuelo alborotados emitiendo chillidos de horror, y mi rayuela imaginaria se esfumó en un segundo y quedó transformada en puras baldosas. Su mirada mientras se iba acercando a mí, paso a paso, me asustó. Sentí la leve descarga eléctrica en la parte superior de la cabeza que sentía cada vez que mamá descubría alguna de mis travesuras, como el día en que descubrió que yo había escrito en carbón en las paredes de la chimenea una parte del poema del pez tejedor, desconociendo que eso estaba terminantemente prohibido
“Qué te creés que estás haciendo, asquerosa” dijo. Y me agarró del brazo, saludó al cura conmigo colgando de la axila y me arrastró hasta el auto diciendo “Qué vergüenza, por dios, qué vergüenza”
Una vez adentro del auto mamá amasó el volante con fuerza y respiró hondo sin mirarme. Después de una breve pausa en la que yo trataba de imaginar que qué era lo terrible que había hecho, empezó a hablar. A decirme que no me podía rascar de esa manera frente a la gente, que eso formaba parte de nuestra intimidad, que una cosa es rascarse un brazo o una oreja y otra muy distinta era rascarse…y aquí mi madre hizo OTRA pausa, como cuando me estaba contando algo e interrumpía para buscar las llaves del auto en el fondo de su cartera. Rascarse las partes, completó…” ¿Las partes? ¿Qué partes, mamá? Y ahí mi mamá se despachó con toda una explicación sobre las partes mostrables, las inmostrables, las rascables y las que no, el pudor, las buenas costumbres, los olores y el qué dirán.
De todo lo que dijo lo que más me confundió fue lo del "qué dirán" y lo único que me quedó más o menos claro fue que rascarse la cola en público era algo espantoso y absolutamente inaceptable
Ese día, frente a la parroquia de San José aprendí que el cuerpo, como todo en este mundo, tiene partes buenas y malas. Si hubiese nacido perro me podría lamer la cola y olérsela a mis amigos sin una madre que me acuse de asquerosa!
“Qué te creés que estás haciendo, asquerosa” dijo. Y me agarró del brazo, saludó al cura conmigo colgando de la axila y me arrastró hasta el auto diciendo “Qué vergüenza, por dios, qué vergüenza”
Una vez adentro del auto mamá amasó el volante con fuerza y respiró hondo sin mirarme. Después de una breve pausa en la que yo trataba de imaginar que qué era lo terrible que había hecho, empezó a hablar. A decirme que no me podía rascar de esa manera frente a la gente, que eso formaba parte de nuestra intimidad, que una cosa es rascarse un brazo o una oreja y otra muy distinta era rascarse…y aquí mi madre hizo OTRA pausa, como cuando me estaba contando algo e interrumpía para buscar las llaves del auto en el fondo de su cartera. Rascarse las partes, completó…” ¿Las partes? ¿Qué partes, mamá? Y ahí mi mamá se despachó con toda una explicación sobre las partes mostrables, las inmostrables, las rascables y las que no, el pudor, las buenas costumbres, los olores y el qué dirán.
De todo lo que dijo lo que más me confundió fue lo del "qué dirán" y lo único que me quedó más o menos claro fue que rascarse la cola en público era algo espantoso y absolutamente inaceptable
Ese día, frente a la parroquia de San José aprendí que el cuerpo, como todo en este mundo, tiene partes buenas y malas. Si hubiese nacido perro me podría lamer la cola y olérsela a mis amigos sin una madre que me acuse de asquerosa!
jueves, 16 de abril de 2009
DEMASIADAS PELÍCULAS DE VINCENT PRICE
Cuando era mentirosa le decía a mi mamá que no creía en dios.
Preguntaban quién había roto la sopera inglesa y le echaba la culpa a un gato. No teníamos gato.
Cuando era mala escondía las llaves de la casa y me divertía mientras buscaban en lugares impensados.
Aplastaba el pan lactal dentro de su envoltorio y tiraba anillos de oro a la basura.
Cuando era loca me ponía jabón en los ojos para llorar y así llamar la atención en clase. Me cortaba mechones de pelo y los ocultaba adentro de los libros.
Cuando era buena pensaba en comprarle una casa a cada habitante de la tierra. Y un almacén lleno de chocolatada y galletitas.
Cuando estaba triste me gustaba verme adentro de un cajón y una pila de gente llorando a mares a mí alrededor.
Cuando me ofendía me encerraba a inventar conjuros. A mi hermano menor le extraerían la mitad del cerebro y quedaría tonto por el resto de sus días. Mi compañera de asiento de tercero b sería devorada por pirañas dentro de su propia pileta. El mejor amigo de mi primo Tadeo se volvería pelirrojo.
Nada de esto es cierto. Es aún peor.
Preguntaban quién había roto la sopera inglesa y le echaba la culpa a un gato. No teníamos gato.
Cuando era mala escondía las llaves de la casa y me divertía mientras buscaban en lugares impensados.
Aplastaba el pan lactal dentro de su envoltorio y tiraba anillos de oro a la basura.
Cuando era loca me ponía jabón en los ojos para llorar y así llamar la atención en clase. Me cortaba mechones de pelo y los ocultaba adentro de los libros.
Cuando era buena pensaba en comprarle una casa a cada habitante de la tierra. Y un almacén lleno de chocolatada y galletitas.
Cuando estaba triste me gustaba verme adentro de un cajón y una pila de gente llorando a mares a mí alrededor.
Cuando me ofendía me encerraba a inventar conjuros. A mi hermano menor le extraerían la mitad del cerebro y quedaría tonto por el resto de sus días. Mi compañera de asiento de tercero b sería devorada por pirañas dentro de su propia pileta. El mejor amigo de mi primo Tadeo se volvería pelirrojo.
Nada de esto es cierto. Es aún peor.
PERECEDERA SOY
A quién le gusta transpirar? A mí no. Claro que no puedo evitarlo. Camino rápido. La señora de los pies gordos ocupa demasiado espacio en la vereda, la esquivo, tiene olor a guiso, sigo, el hombre me ofrece un volante color rosa barato, grita, escupe, una mosca que me aturde, excremento de perro untado sobre las baldosas, una bocina que perfora, el policía obeso que no podría perseguir a ningún ladrón, sol a la derecha y a la izquierda, recalcitrante, gente que bulle, humos en la gama del gris, una chica linda se pierde entre el exceso de gente sin bañarse. Todo está tan sucio y yo cada vez más caliente, salada, defectuosa.
Me duele ser perecedera. Lo confirmo cuando sudo.
Me duele ser perecedera. Lo confirmo cuando sudo.
martes, 7 de abril de 2009
LA FELICIDAD, JA, JA, JA
No quiero ser feliz. Por momentos pareciera. Antes lo pensaba. Pero no. Esto me produce algún alivio. Me habría embarcado en una búsqueda infructuosa: la felicidad. Además, dudo poseer el instinto necesario para reconocerla.
Mi abuela decía que la felicidad tiene olor a auto nuevo. A mí el olor auto nuevo me marea.
Mi abuela decía que la felicidad tiene olor a auto nuevo. A mí el olor auto nuevo me marea.
viernes, 27 de marzo de 2009
jueves, 26 de marzo de 2009
PRÓXIMOS ESTRENOS
1. El día que casi me devora un casi tiburón.
2. Ser esquizofrénico es bastante sano.
3. La fábrica de las palabras no cerró.
4. Hace mucho tiempo que no lo conozco.
5. Tengo madre y otros defectos.
2. Ser esquizofrénico es bastante sano.
3. La fábrica de las palabras no cerró.
4. Hace mucho tiempo que no lo conozco.
5. Tengo madre y otros defectos.
jueves, 12 de marzo de 2009
LA TEORÍA DEL BANQUITO
En vano trato de imaginar, cómo será ser hormiga negra,
y gato y lechuga mantecosa.
Levantar vuelo, nacer de un huevo silvestre, vivir en el agua,
perder el aguijón.
En vano trato y no lo consigo. Porque aunque imaginación
no me falta, aunque de tanta que tengo se me inflama la cabeza,
esta imaginación no es la adecuada.
La que necesito, es una que permita verme parada
sobre un banquito de madera pintado de azul, mirando.
Esta extraña experiencia. La mía.
y gato y lechuga mantecosa.
Levantar vuelo, nacer de un huevo silvestre, vivir en el agua,
perder el aguijón.
En vano trato y no lo consigo. Porque aunque imaginación
no me falta, aunque de tanta que tengo se me inflama la cabeza,
esta imaginación no es la adecuada.
La que necesito, es una que permita verme parada
sobre un banquito de madera pintado de azul, mirando.
Esta extraña experiencia. La mía.
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